Julio César Jiménez

 

 

 

 

 

[Poética]                                                                                                                                                                                                                 [Volver a inicio]

 

Málaga, 1972

 

 

Escribir algo bello no sólo es posible sino fácil, y en ocasiones hasta ridículo o insulso. Más allá de lo bello, el estremecimiento —difícil efecto— exige técnica y esfuerzo, y éstas son condiciones que están, por lo general, ocultas al lector, amontonadas e inertes, como virutas, en la vida útil de una papelera. Aquellas dos, como condiciones necesarias, nacen de la idea de búsqueda de lo que no se sabe bien qué buscar, es decir, el popular je ne sais quoi de Bouhours, algo tan inagotable como aburrido. Quizá por ello la vida —sea o no una farsa, un fingimiento— está antes que la poesía, y ésta es, o así lo entiendo yo, instrumento y fin a la vez. Instrumento de conocimiento y emoción, y fin en sí misma.

La poesía es, podría decirse, un uso, un asidero invisible, una intuición que, para el que tiene la puntual suerte de poseerla, asirla, acarrea un peculiar oficio de dimensiones preciosistas, de manera que un hipotético desprecio a esta idea sería algo más propio de necios que de insensatos.